Tea y Pompeya

Tea en Pompeya

Salve, ciudadanos del Imperio romano!. Mi nombre es TEA Procula y hoy quiero contaros mi historia, porque hace poco tiempo que mi vida cambió para siempre.

Soy hija del Senador Paquio Proculo, un hombre influyente en mi ciudad, Pompeya. Hace un año, mi padre acompañó al barquero Caronte hasta la otra orilla, reuniéndose así con mi madre, que murió al poco tiempo de mi nacimiento, y dejándome huérfana. De este modo, me convertí en la única heredera de la fortuna y el nombre de mi padre. Vivimos en el reinado del gran Augusto y Roma es la cabeza de un gran imperio que cada día se hace más grande, extendiéndose por tierras remotas. Aún así, ser mujer en estos tiempos y no estar casada conlleva no pocos peligros, mucho más aún si se hereda una gran fortuna y posición social, como en mi caso. Mi padre fue un hombre generoso e inteligente y viendo próxima la hora de su muerte hizo prometer a su amigo y compañero Rufo Calpurnio, magistrado como él en el senado, que cuidaría de mí.

Y aquí me tenéis, con 20 años recién cumplidos, dueña de un gran legado, y sin marido que lo administre; porque en Roma, las mujeres sólo debemos cuidar del hogar y convertirnos en excelentes matronas de nuestra casa…o al menos, eso es lo que se espera de nosotras, pero…¡yo tengo otros planes!.

 

El senador Rufo Calpurnio, para cumplir la promesa hecha a mi padre, me propuso tomarme en matrimonio y salvarme así de una situación que él consideraba comprometida…Para ello tendría que repudiar a su primera esposa, Lupatia, a la que conozco desde niña y aprecio como a alguien de mi propia familia. Yo sé que Rufo Calpurnio ama a su esposa por encima de todo y le produciría un terrible dolor tener que separarse de ella, por eso he conseguido convencerle de que me otorgue dos años de plazo para tomar un esposo y para que él pueda mantener su feliz matrimonio. Para acabar de convencer al Senador sólo he tenido que hablarle de mi candidato a compartir mi vida, Cayo Sulpicio. Nos conocemos desde niños, pues su padre era un próspero comerciante que poseía una casa próxima a la nuestra. Apenas alcanzó la edad adulta, Cayo decidió servir en el ejército de Augusto y forjar una carrera militar. Ahora se encuentra en pleno proceso de su cursus honorum, pero su valentía y su pericia como Legado en la Legión X Gemina le han valido múltiples reconocimientos y ha sido nombrado recientemente Tribuno de esta misma legión. En poco tiempo podrá solicitar un cargo cercano a Pompeya y nos uniremos en matrimonio.

Es cierto que Cayo, que sirve con su Legión en las remotas tierras de Hispania, me ha propuesto establecernos en la nueva ciudad que se construyó a las orillas del río Anas, la Colonia Augusta Emerita. Allí gozaríamos de tierras y una gran vivienda, pero por muy fértiles que sean sus valles, yo no encuentro nada comparable a mi vida en Pompeya.

Resido en la domus que construyeron mis antepasados en el corazón de la ciudad, muy cerca de la fontana de la Diosa de la Abundancia que se sitúa en el decumanus, el eje principal que cruza Pompeya de Este a Oeste. Desde aquí me desplazo en litera rápidamente por todo el centro, y lo mismo asisto a alguna tragedia en el teatro que acompaño a mis sirvientes al mercado, donde me gusta elegir en persona telas y especias recién llegadas en barco desde Oriente. Mi casa tiene un amplio peristilo desde el que se accede a todas las estancias, decoradas con bellas pinturas en las paredes y suelos de mosaicos con escenas mitológicas y primorosas grecas. A pesar de que vivo en la zona más principal de la ciudad, dentro de mi casa se apaga el bullicio de las calles y se disfruta del frescor en el verano y de la calidez en el invierno. Pompeya es, sin duda, mi amada tierra. Jamás hice caso a las historias de viejas matronas sobre el gigante que duerme bajo la montaña y que amenaza con despertarse, arrojando algunas cenizas cada cierto tiempo. Son historias que se cuentan para asustar a los niños…y las cenizas que arroja el Vesubio son las que propician el sabor dulce pero corpóreo de mis vinos.

¡Pero, claro!, aún no os he hablado de Herventia, la Villa que poseo en el campo y que se sitúa en las faldas de la montaña, algunas millas a las afueras de Pompeya, siguiendo la vía que se dirige a Herculano. Esta villa es mi gran orgullo, en ella la brisa marina madura las uvas de mi extenso viñedo y la tierra oscura proporciona a los frutos ese sabor tan especial que ha hecho famosos mis vinos en muchos rincones del Imperio. Os voy a contar mi secreto: yo administro la villa y selecciono los frutos, vigilo la maduración del vino y decido si debe reposar más tiempo o ya está listo para su disfrute: yo, la misma TEA en persona. Por supuesto, sólo mis fieles sirvientes de Herventia conocen mis devaneos por la bodega y mis vigilantes paseos por los viñedos para evitar que los gorgojos arruinen nuestras cosechas. Lo cierto es que no estoy sola en este cometido, la cara visible de mi explotación es mi fiel sirviente Lucio. Le conozco desde que nací, sólo es algunos años mayor que yo y su madre, Ífida, fue mi querida ama de cría. Mi padre concedió la libertad a su madre, porque aborrecía, como yo, tener en esclavos en casa. No obstante, Ífida se quedó a nuestro servicio y del mismo modo su querido hijo Lucio, que es mi fiel capataz y gran amigo: yo misma presenté hace poco a su recién nacido hijo en el templo de Júpiter e hice votos para que los dioses le concedan una larga y próspera vida.

Como ya os he adelantado, los vinos de Herventia son famosos desde Germania hasta Nymphea. Lucio se encarga de que nuestras ánforas, que conservan la marca con el nombre de mi padre, P. PROCVLVS, sean trasladadas cuidadosamente en los carros hasta el puerto. Allí los comerciantes se pelean entre ellos por conseguir la mayor cantidad de nuestro preciado líquido, que después distribuyen por todos los confines.

Cayo tiene una hermana, Aline, que se ha desposado con un Magistrado de la provincia de Hispania. Aline y yo somos grandes amigas y, aunque nos pesa estar separadas por tanta distancia, mantenemos el contacto a través de Cayo. En su último mensaje, enviado a través de un Tribuno que viajó a Hispania en el invierno, me cuenta mi futuro esposo que las cepas que cuidadosamente seleccioné y envié a su hermana Aline como regalo de bodas ya se han multiplicado en la tierra y pronto darán sus frutos en las fértiles tierras del norte de Hispania. Han decidido ponerle a sus vinos el nombre de Herventia, en homenaje a mi villa pompeyana, madre de sus sarmientos.

Como podréis imaginar, amigos, Pompeya y Hervetia son para mí insustituibles y ni siquiera la promesa de una tierra fértil y hermosa en Hispania podrá disuadirme de abandonar la tierra de mis antepasados, donde crecen mis vides y la montaña cruje y alimenta la tierra con cenizas. Ahora que el regreso de Cayo está próximo y que nos uniremos en esponsales ante los dioses, disfrutaré de los paseos a la caída de la tarde entre los sicómoros, olivos y vides de mi villa. Seguiré cuidando porque mis uvas crezcan hermosas y dulces en la falda del Vesubio para que tú, ciudadano romano, bárbaro amigo, hermano de otras tierras, sientas la frescura y la fuerza de las tierras de Herventia en cada sorbo de su vino púrpura.